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MI OPINIÓN DE LA SEMANA
Cuando el cambio climático obliga al fútbol a detenerse para proteger la vida.
Por: Eliseo Sebastián
El Mundial de Fútbol 2026 pasará a la historia por muchas razones: más selecciones, tres países anfitriones y estadios de primer nivel. Sin embargo, existe un protagonista inesperado que está ocupando titulares en todo el mundo: el calor extremo.
Por primera vez, la FIFA ha decidido establecer pausas obligatorias de hidratación en todos los partidos, independientemente de que el estadio tenga techo, aire acondicionado o se juegue en una ciudad con temperaturas moderadas.
La decisión ha abierto un intenso debate.
Para algunos, rompe el ritmo del espectáculo; para otros, representa una medida necesaria para proteger la salud de los futbolistas.
En mi opinión, la discusión va mucho más allá del fútbol.
Lo que estamos observando es una evidencia de cómo el clima ya está modificando actividades que antes parecían inmunes a los cambios ambientales. Si el torneo deportivo más importante del planeta necesita detener un partido para que los jugadores puedan recuperarse del calor, significa que estamos frente a una realidad que ya no puede ignorarse.
Los médicos explican que el esfuerzo físico bajo altas temperaturas y elevada humedad puede provocar deshidratación, agotamiento, pérdida del rendimiento e incluso golpes de calor que constituyen una verdadera emergencia médica.
Ningún campeonato, por importante que sea, puede poner en riesgo la vida de quienes lo disputan.
Como ingeniero dedicado durante muchos años a promover el aprovechamiento de la energía solar, observo este Mundial desde otra perspectiva.
El Sol es una fuente extraordinaria de energía para producir electricidad limpia.
El problema no es el Sol.
El problema es cómo la actividad humana ha contribuido al aumento de gases de efecto invernadero, alterando el equilibrio climático y haciendo más frecuentes las olas de calor.
Hoy el fútbol nos ofrece una poderosa lección.
Lo que sucede dentro de un estadio refleja lo que ya viven agricultores, obreros, transportistas, estudiantes y millones de personas que desarrollan sus actividades al aire libre.
Por ello, hablar de eficiencia energética, edificaciones bioclimáticas, ciudades más verdes, energías renovables y sistemas solares fotovoltaicos ya no es una opción futurista. Es una necesidad del presente.
Quizá dentro de algunos años recordemos este Mundial no solo por sus goles o por el equipo campeón. También será recordado como el torneo que hizo visible que el cambio climático dejó de ser una advertencia científica para convertirse en una realidad cotidiana.
El deporte nos emociona.
La ciencia nos alerta.
La ingeniería nos ofrece soluciones.
Ahora depende de nosotros actuar con responsabilidad.
Porque el verdadero campeonato que la humanidad debe ganar es el de construir un planeta más seguro, más limpio y más habitable para las futuras generaciones.
Eliseo Sebastián
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Dos días después del cierre oficial del encuentro, la edición 29 de la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático (COP29) concluyó con un acuerdo para el financiamiento climático desde los países desarrollados hacia los países en desarrollo. El domingo 24 de noviembre, a la madrugada de Bakú, capital de Azerbaiyán, la Presidencia de la COP29 anunció que se estableció un objetivo de 300 mil millones de dólares anuales hasta el 2035.
Aunque el monto triplica la cifra acordada en 2009 y alcanzada por primera vez en 2022, está bastante lejos de lo que los países en desarrollo exigían para mitigar y adaptarse al cambio climático y adoptar energías limpias: 1.3 billones de dólares anuales.
“La propuesta de financiamiento no resuelve ni la crisis climática ni las necesidades de los países vulnerables”, dice Daniel Ortega, ex ministro de Ambiente de Ecuador. Reportes de expertos independientes y del Comité Permanente de Finanzas de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) están de acuerdo en que el financiamiento debe exceder un billón de dólares.
“Muchos decían que lo mejor era no tener nada, pero yo difiero”, afirma Sandra Guzmán, fundadora del Grupo de Financiamiento Climático para Latinoamérica y el Caribe (GFLAC), quien participó en las negociaciones como asesora de la delegación de Panamá y de la Asociación Independiente de América Latina y el Caribe (AILAC). La experta cree que, por un lado, traspasar esta decisión a la COP30 de Brasil “habría sido muy lamentable desde el punto de vista político”.
